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Según un informe de la firma de riesgo Space Angels, desde 2009 se han invertido más de USD 30.000 millones en más de 530 compañías espaciales separadas. Hay varios unicornios espaciales respaldados por inversionistas privados incluidos Planet, SpaceX y el fabricante de cohetes Rocket Lab con sede en Los Ángeles.

Estos números muestran una tendencia creciente del interés de firmas de riesgo privadas en los viajes espaciales y su eventual explotación comercial, y aunque es un mercado que viene desarrollándose desde los años 80, las últimas dos décadas han marcado un crecimiento más acelerado.

Precisamente el pasado fin de semana Space X, uno de los jugadores más importantes de este mercado, hizo su primer vuelo tripulado avalado por la Nasa lo que marcará un hito no solo para el turismo espacial sino para los viajes espaciales al ser el primero bajo la tutela de un privado.

SpaceX, fundada por el multimillonario Elon Musk, fue creada con la ayuda del dinero de la venta de USD 307 millones de Zip2, la primera compañía que confundó Musk y la venta de USD 1.500 millones de su segunda compañía, PayPal.

Una parte clave de la estrategia inicial de Musk fue lograr que el gobierno estuviera de su lado, dice Chad Anderson, cuya firma de riesgo con sede en Nueva York Space Angels ha invertido en SpaceX: “Antes de SpaceX, el gobierno era el principal cliente. Necesitabas a ese cliente para que las cosas funcionen. Así que Elon Musk y SpaceX hicieron todo lo posible para que el gobierno los tomara en serio”.

Un poco de historia sobre el turismo espacial

En el año 2000, MirCorp, una empresa con sede en los Países Bajos se hizo cargo de las operaciones de la estación espacial rusa Mir. Aunque su permanencia fue corta (la estación espacial fue desorbitada por el gobierno ruso en marzo de 2001), todavía tuvo varias novedades: el primer reabastecimiento de carga con fondos privados, la primera misión tripulada con fondos privados y el primer contrato de turismo espacial.

Mientras tanto, Estados Unidos vio un mini boom de empresarios espaciales que fundaron compañías de cohetes. Sin embargo, estos esfuerzos con frecuencia se encontraron con la resistencia de quienes formulan políticas y la industria heredada. La mayoría terminó en fracaso.

A fines de 2003, Elon Musk dio a conocer el primer cohete Falcon 1 de su compañía al enviarlo por todo el país en camión, para parquearlo frente al Museo Nacional del Aire y el Espacio. Pero eso fue después de que ya había probado con éxito sus motores.

Otro hito para la industria se logró en 2004 cuando SpaceShipOne, una nave espacial creada por el pionero ingeniero aeroespacial Burt Rutan y su compañía Scaled Composites realizó dos vuelos suborbitales exitosos. Eso permitió a Rutan reclamar el Ansari XPRIZE de USD 10 millones, un incentivo ofrecido para estimular el desarrollo de vehículos espaciales privados. La tecnología fue posteriormente licenciada por Richard Branson para Virgin Galactic, cuyo objetivo es llevar a los turistas al espacio a finales de este año.

El entusiasmo por los esfuerzos espaciales privados comenzó a burbujear incluso en Washington D.C. En 2004, el Congreso aprobó una legislación que ayudó a despejar un camino regulatorio para las empresas de lanzamiento comercial. Shelli Brunswick, director de operaciones de Space Foundation, que aboga por la exploración espacial, reconoce esto como una base clave para el lanzamiento orbital de SpaceX esta semana. “Se basa en la legislación correcta, la financiación correcta y las políticas correctas en los últimos 20 años”, dijo Brunswick.

En 2005, la Nasa comenzó a cambiar la forma de hacer negocios con la llegada de su programa de Servicios de Transporte Orbital Comercial. Defendido por el entonces Administrador de la Nasa, Mike Griffin, esto cambió la forma en que la agencia hizo negocios. En lugar de tomar la iniciativa en ingeniería y diseño, la agencia espacial simplemente identificó las capacidades de transporte e invitó a las empresas a ofrecer ofertas para cumplirlas.

SpaceX aprovechó la oportunidad, ganando un contrato con la NASA en 2006 que le proporcionó USD 278 millones para desarrollar su cohete Falcon 9, que se lanzó con éxito por primera vez en 2010. Firmó un contrato por separado de USD 1.600 millones con la agencia espacial en 2008 para enviar carga a la Estación Espacial Internacional, que comenzó a cumplir en 2012 cuando su cápsula Dragon se convirtió en la primera nave espacial privada en conectarse con la estación.

A medida que avanzaba la década, SpaceX comenzó a ofrecer servicios de lanzamiento a otros clientes comerciales, como compañías de telecomunicaciones, a precios drásticamente más bajos que su competencia (incluidas las empresas rusas de cohetes). Entre SpaceX y Nanoracks, el costo del espacio rápidamente se redujo drásticamente, abriendo nuevas oportunidades de negocio.

El horizonte del emprendimiento espacial

En 2014, la Nasa otorgó contratos para vuelos espaciales comerciales tripulados a dos compañías: Boeing, el incondicional aeroespacial que ha estado trabajando con la Nasa desde la década de 1960 y SpaceX. Combinados, los dos contratos tienen un valor de hasta USD 6.800 millones. “Fue un gran cambio en la rendición de cuentas y la responsabilidad hacia el sector privado, que se orienta hacia la velocidad y la rentabilidad», expresó Phil McAlister, director de vuelo espacial comercial de la Nasa.

Todo salió según lo planeado, los veteranos astronautas de la Nasa Bob Behnken y Doug Hurley despegaron desde el Centro Espacial Kennedy en Florida (Estados Unidos) el pasado sábado. Menos de un día después, llegaron a la Estación Espacial Internacional, donde permanecerán por dos meses antes de su regreso.

Es un momento triunfante para Elon Musk y su compañía con sede en California (Estados Unidos). Pero esto no es solo una victoria para un multimillonario y una compañía. Es la culminación de un esfuerzo de décadas para transformar el espacio en una nueva frontera del emprendimiento.

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